¿Y la corbata de Obama?

Publicado hoy en La Vanguardia.

¿Y la corbata de Obama?

Estos días muchos se han preguntado si el cambio propuesto por Obama ha sido real o no. Si ha existido o si su promesa ha caído en saco roto. Todo dependerá de las expectativas con las que uno se plantó la noche de la victoria electoral y con su máxima expresión en la demostración de apoyo que el presidente vio en las calles de una gélida capital del país hace algo más de un año. El presidente recién electo lanzó un mensaje para navegantes en su discurso de victoria:“El camino será largo. No llegaremos en un año, quizás ni en un mandato”. Ese camino se ha materializado en éxitos y en fracasos, en esperanzas y en desilusiones… pero también en pequeños detalles como una corbata.

La corbata sea, quizás, uno de los símbolos más potentes para representar un político. Pidan a un niño que les dibujo a uno, no faltará ese atuendo. Durante la revolución francesa, cobró el significado político que no había tenido hasta el momento: los revolucionarios la llevaban negra, sus enemigos, blanca. Un símbolo de status que hoy se cuela en las campañas electorales, rojos contra azules. Naranjas y verdes. Corbata contra los que no la llevan. Por ello, Obama lanzó un mensaje más profundo de lo que parece cuando el pasado 28 de diciembre compareció para dar los detalles del ataque terrorista frustrado a un vuelo comercial en Detroit que había tenido lugar el día de Navidad: compareció sin corbata en uno de los momento más delicados e importantes de su presidencia.

Tras los ataques del 11 de septiembre, el terrorismo es un tema prioritario en Estados Unidos. Los efectos de los peores atentados nunca vividos en suelo americano se han alargado a nuestros días, no sólo en el incremento de la seguridad y la vigilancia, sino a nivel político. George W. Bush y el Partido Republicano entendió muy bien lo que supusieron los ataques para la mentalidad americana y comprendieron qué redes se activaban en el cerebro de los ciudadanos cada vez que se hablaba sobre ello.

La lucha contra el terrorismo no tardó en llamarse guerra contra el terror. El miedo no cesó de ser un arma política. Incluso se llegó a aumentar el nivel de alarma por terrorismo el día que los americanos debían ratificar a Bush en el cargo en 2004. “Cuando vayan a las urnas, recuerden que estamos en guerra”, afirmó Bush el mismo día de las elecciones legislativas de 2006. Según señala Drew Westen, más de 250 experimentos han demostrado que cuando nos recuerdan que somos inmortales, nuestro cerebro vira a la derecha. Por ello, ni los ataques del 11S fueron algo anecdótico ni la lucha contra el terrorismo merecía un status menor que una guerra contra el terror que exigía todo tipo de sacrificios. Y ante ello, no hay oposición política que pueda mostrar su desacuerdo sin parecer un irresponsable.

Los demócratas estuvieron fuera de juego durante casi todo el mandato de Bush. Dejaron que el miedo ganase, desde las emociones más primarias, el voto de los estadounidenses. La oposición dejó los términos del debate en manos del presidente y no pudo sobreponerse a sus ataques. Eran demasiado débiles para defender al país. Demasiado inconcretos para atajar un mal nacional. Hasta que los estrategas demócratas cambiaron los términos del mismo debate. La guerra contra el terror no era lo mismo que la guerra de Irak. Se podía estar en contra de esa guerra sin mermar el apoyo a mantener el país seguro de ataques terroristas. Por ello, esas elecciones legislativas de 2006 fueron el principio del fin de la hegemonía republicana.

A partir de ese momento, en las filas demócratas empezó a tomar consciencia la importancia de manejar las emociones para ganar elecciones y gobernar. Obama lo ha hecho desde el primer día que entró en campaña y no lo ha olvidado durante su mandato. Quizás por ello, el pasado 28 de diciembre dejó la corbata que un ayudante tenía preparada. Si el miedo mueve al electorado a posiciones más conservadoras, es necesario usar un marco menos determinista que el aupado por Bush. Por ello, lanzó un mensaje al aparecer sin el atributo máximo de la política y la solemnidad.

Obama se dirigió a la nación con unas formas muy distintas que las de su predecesor. Sin corbata, pero también sin mencionar la guerra contra el terrorismo o la guerra contra el terror. Lo hizo para contar lo que sabía y tranquilizar a sus conciudadanos. Todo está seguro, estamos trabajando. Ese fue el mensaje. Siéntanse seguros, porque yo lo estoy. Tanto, que el nivel de solemnidad de mi discurso es menor, quería comunicar el presidente.

Porque las acciones han sido igual de contundentes. Obama se refería en su discurso de aceptación de la nominación demócrata a la tensión entre los derechos individuales y la seguridad, apostando por los primeros. Sus decisiones últimas han ido a por lo segundo. Pese a no querer darle a este tema la centralidad de su antecesor.

Sólo el tiempo, el azar, la suerte y el trabajo y coordinación de las fuerzas de seguridad podrán decir si el miedo tiene su base o no. Si es posible gestionar esta emoción con gestos como los del presidente o si por el contrario, una sociedad asustada lo está igual pese a los discursos y las formas de su presidente. En todo caso, parece que Obama se lo pensó dos veces cuando tuvo la corbata en la mano. Y, quién sabe, quizás recordó las enseñanzas de Westen y de la pujante escuela sobre la neuropolítica. ¿A dónde tiene que llegar el cambio? ¿Sólo en las acciones y resultados políticos o también en la mente de los ciudadanos?

Albert Medrán

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El blog de comunicación de Albert Medrán

4 thoughts on “¿Y la corbata de Obama?”

  1. Quizá lo que estamos necesitando es una nueva forma de hacer política y de dirigirse al ciudadano, más directa, humanizando al político, dando más credibilidad. A mí, Obama me da credibilidad, sin corbata también.

  2. Pingback: Bitacoras.com

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