Los políticos hacen teatro

Era difícil saber donde terminaba la política y empezaba la farándula

Los políticos, como los buenos actores, deben exponerse ante grandes audiencias. Los políticos, como los buenos actores, interpretan un papel que quiere ser el más convincente. Mientras que unos quieren el sentido homenaje de su público con un gran aplauso, los otros buscan el apoyo necesario para ganar unas elecciones y convertirse en gobernantes. Quizás por sus similitudes, un personaje de la obra que recuerda las entrevistas entre David Frost y Richard Nixon se exprese del modo que inicia este post.

Al fin y al cabo, los políticos que son sometidos al escrutinio y al foco de forma continua están representando un papel, su papel. Tienen todos los atributos de un personaje y se desenvuelven como en una obra de ficción. Aunque es real.

A veces, la realidad política llega a superar el talento de grandes autores como Shakespeare: la trama Gürtel ha llegado a mezclar elementos de Hamlet con Romeo y Julieta. Lo de Camps y Costa se asemeja mucho a la historia de los jóvenes Capuleto y Montesco, aunque sólo uno de ellos murió en Valencia. Aunque la reacción de las últimas horas en Génova sea más parecida a Fuenteovejuna. Para Cospedal, quizás quedaría lo de la “Vida es sueño” a cuenta de la supuesta persecución al partido que, tras el levantamiento del sumario Gürtel, se tornó más una ensoñación que una vía discursiva efectiva.

Si hace unas semanas afirmábamos que los políticos tienen mucho cuento –o deberían tenerlo-, ahora es el turno de la necesidad de los políticos de representar el papel de su vida. Ese que te llega casi sin avisar, cuándo un director te ofrece ser el protagonista en una obra en las tablas de un gran teatro de Madrid, en el TNC en Barcelona o en cualquier gran templo de Londres o Nueva York. A veces, tras papeles menores, alguien ve en ti las cualidades para ser el protagonista de una obra que tiene por objetivo conquistar el poder.

Uno de estos granes actores fue Richard Nixon. El único presidente dimisionario de los Estados Unidos entendió lo que suponía representar su papel hasta el final, pero como todos los grandes personajes, tenía un giro dramático final para no dejar a ningún espectador indiferente. Eso mismo recoge Àlex Rigola en su último trabajo en el Teatre Lliure de Barcelona.

Rigola adapta la obra de Peter Morgan que plasma la serie de entrevistas que el periodista británico David Frost realizó al presidente años después de dejar el Despacho Oval. Como novedad, Rigola presenta dos versiones de la misma obra: una con escenografía clásica y otra llamada “unplugged”, dónde una sobria puesta en escena se conjuga con el uso de elementos audiovisuales, que le dan a la obra un aire más televisivo. Y con subtítulos en castellano e inglés.

Precisamente la reflexión sobre el poder de la televisión sobre la política es una de las constantes en la obra que presenta a uno de las primeras víctimas de este medio: todos recordamos el debate electoral entre Nixon y JFK en 1960 que ganó el presidente asesinado por dar mejor en televisión. Aunque la televisión también nos dio lo que no pudo mostrar ningún tribunal, el gesto delator de la culpabilidad de Nixon, pese al perdón presidencial de Ford.

El Lliure muestra una gran obra. La soberbia actuación de los actores, especialmente de Lluís Marco que da vida a Nixon, la perfecta conjugación de la interpretación con los recursos audiovisuales, un montaje excelente y una historia apasionante son los elementos que hacen de “Nixon-Frost” uno de los éxitos de la temporada teatral barcelonesa.

Porque en el fondo queda esa idea que Richard Milhouse Nixon fue prisionero del propio papel que quiso o le tocó interpretar. El del malo… pero porque lo era. Quizás por ello, resultó tan creíble. Ya sabéis, teatro, lo tuyo es puro teatro…

Albert Medrán

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