Un Nobel de intenciones

Publicado hoy en La Vanguardia

Nunca llueve a gusto de todos y el veredicto del Nobel de la Paz es buena muestra de ello. Las opiniones sobre el honor otorgado al Presidente Obama dividen al mundo, entre quienes encuentran en la tarea realizada elementos suficientes para tal reconocimiento y los que, por el contrario, sostienen que el comité noruego de la Academia ha sido objeto del embaucamiento del icono actual más poderoso del planeta. En realidad, estamos ante un interesante debate entre la razón y la emoción, otro episodio más de esta dialéctica que no parece encontrar un término medio.

El problema viene cuando aplicamos al Nobel la lógica racional seguida en la mayoría de ocasiones: A realiza una serie de acciones durante X tiempo, tienen un efecto positivo sobre Y, cambian una injusta realidad y merece ser reconocida para que, en un futuro más o menos próximo, sea un ejemplo para otras experiencias. Una lógica de acción-recompensa que en esta ocasión no se ha dado. El Nobel a Obama –el cuarto presidente norteamericano en recibirlo, y el tercero en hacerlo mientras está en el cargo-, como ya han indicado varias voces, es un premio a la esperanza.

Muchos han encontrado casi pornográfico que al Presidente del cambio se le concediera este importante premio cuando no hace ni 10 meses que ocupa el sillón del despacho oval. Según estas voces, lo conseguido no merece un premio. Pero, ¿realmente es así? ¿Aplicando la lógica antes descrita Obama no tendría méritos? La verdad es que las acciones emprendidas en tan corto espacio de tiempo han supuesto, si no una pequeña revolución, las bases para un cambio más que relevante a escala internacional. El acercamiento al mundo musulmán, el cierre de Guantánamo, la decisión de terminar en cuanto sea posible con la presencia en Irak y, sobretodo, el fin del desgobierno internacional de la era Bush son méritos que se han puesto encima de la mesa.

La Academia, sin embargo, parece haber aplicado un criterio más emocional. Completamente válido, aunque incomprendido para muchos, yo incluido durante las primeras horas del anuncio. El Nobel de Obama es el reconocimiento que otro mundo es posible, incluso si el esfuerzo viene de la superpotencia que menos interés tiene en cambiar un statu quo. El Nobel premia la esperanza y la visión positiva, el aliento para que las reformas planteadas sean una realidad que ponga las bases de un presente y un futuro en paz y estabilidad.

Pero sin duda, lo que fue de Nobel fue la reacción de Obama. El discurso que dirigió el mismo viernes por la mañana desde la Casa Blanca fue un acierto a nivel comunicativo y un broche de oro al honor concedido. La primera reacción ante un tema tan peliagudo –más cuando en la Vieja Europa los comentarios y análisis se habían multiplicado en las últimas horas, aprovechando la diferencia horaria- es de una importancia vital. Obama presentó, no solo un discurso comedido, sino la razón por la que debe recoger el galardón en Oslo. Si el hombre más poderoso del mundo acepta su limitación “soy consciente que no merezco este premio” –afirmó-, su dosis de humildad y el planteamiento de los importantes retos que se trabajan desde la Casa Blanca mostraron al mundo por qué el presidente no deja de ser merecedor del Nobel.

Sí, el Nobel de la paz de este año es un premio de intenciones. Pero de unas intenciones de un calado que este tiempo no puede permitirse dejar de lado. La limitación de los arsenales nucleares, la paz y la estabilidad entre Oriente y Occidente, el cambio climático, etc. son objetivos irrenunciables para quien ame este planeta y desee dejar un mundo habitable para las próximas generaciones; nuestra deuda para con ellos. Un Nobel a nobles intenciones, pero también a los decisivos pasos ya tomados. Pero también el espaldarazo a alguien que, casi de un plumazo, ha conseguido revertir la imagen de Estados Unidos en el mundo.

Dicen que este galardón casi premia más la ausencia de Bush que la presencia de Obama, pero créanme, si hoy McCain ocupara el lugar de Obama este premio no se hubiese producido. La intención del cambio, pero los pasos puestos para conseguirlo, son mérito del presidente, una llamada a la acción y a su responsabilidad. Pero también el modo de comunicar, de Noruega al mundo, que hay esperanza para construir un mundo diferente que aspira a ser mejor.

Albert Medrán

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