Obama ha perdido la etiqueta

(Publicado en La Vanguardia)

En situaciones en que nos enfrentamos a un sinfín de información, las etiquetas son de enorme valor. Por ejemplo, ante las decenas de cajas que puedan trajinarse en una mudanza, tener un indicativo del contenido de cada una de ellas no sólo resulta efectivo, sino que se torna un punto necesario para no acabar perdiendo el norte. Algo similar ocurre en política.

Por mucho que la mayoría de medios de comunicación tengan en una de sus prioridades dar cobertura a todo lo que ocurre en política, especialmente en primera división, lo que nos cuentan no siempre es fácil de comprender. Acrónimos, procesos, leyes que se vetan, leyes que inicia el legislativo y actos que realiza el ejecutivo. El papel de los jueces, eso de la separación de poderes que nunca se llegó a comprender. Y un sinfín de temas que lógicamente no pueden comprenderse siempre. También en política las etiquetas tienen una gran labor de simplificación de una realidad compleja y hacen más fácil el camino.

Esta lección básica parece que no ha sido demasiado aplicada en la estrategia diseñada por el presidente Obama para conseguir que su proyecto de reforma sanitaria salga adelante. La falta de etiquetas potentes, de marcos si lo prefieren, ha llevado a una situación que a fecha de hoy parece irreversible: El apelativo de socialista ha causado estragos en la imagen y el apoyo al presidente.

No deja de resultar curioso que los demócratas entendieran hace ya algunos años que debían cambiar la etiqueta por la que les conocía la gente. Ser un “liberal” –no en el sentido que los europeos le damos al término, sino en la versión americana, que sería algo así como un radical de izquierdas- ya no daba sus resultados tras los gloriosos mandatos de Reagan. Los liberales habían pasado a ser unos manirrotos malgastadores de fondos públicos que sólo pensaban en subir los impuestos y prohibir el uso de armas mientras el aborto se extendía como una plaga. La etiqueta liberal tenía el efecto contrario al buscado en el electorado. Así, el término progresista vino a rehacer el camino.

Durante los últimos años, el término se ha venido usando con más fuerza y para muchos, los demócratas representan hoy los valores progresistas, para nada liberales o, en el peor de los casos, socialistas o comunistas. Hasta que llegó la reforma sanitaria. Ya sea por el efecto multiplicador de los medios, por los enormes esfuerzos propagandísticos de la siempre bien engrasada maquinaria republicana o por la inestimable colaboración de las neuronas espejo, Obama y su reforma son socialistas. Y el poder de esa palabra en una sociedad como la americana es tan potente que su combate es difícil.

Obama puso toda la carne en el asador con su discurso a las dos cámaras. Los congresistas mostraron un delicado respeto institucional, que horas y días más tarde dilapidarían con su tarea de oposición. Los demócratas en las cámaras se mueven incómodos en sus escaños ante la disyuntiva de apoyar a su presidente o pensar en los efectos que podría tener pasar a ser el candidato socialista en sus circunscripciones. El poder de una palabra poniendo en jaque el apoyo a la medida más aplaudida durante la campaña electoral.

Tras el discurso, se recibieron más de 450.000 firmas de apoyo al plan de Obama y más de un millón de dólares en donaciones para llevar la reforma a buen puerto. Pero ni el discurso ni el apoyo han podido cambiar la etiqueta.

Quizás el equipo de Obama debería haber empezado por cambiar la propia apelación de la reforma. En eso, los republicanos fueron unos grandes maestros en el empleo de las palabras. Por ejemplo, ¿quién podía oponerse a una ley como la “No child left behind” –ningún niño rezagado-, la ley de los republicanos sobre educación? Aunque los demócratas no estuvieran de acuerdo en muchos aspectos, ¿cómo puede plantearse la oposición a algo que comunica tan bien con su etiqueta? Plan Sanitario de Obama o Reforma de la Sanidad no comunican tanto como, pongamos el caso, “ningún americano en la cuneta”. Los marcos de Lakoff deberían estar funcionando ya, pero parece que la Casa Blanca ha llegado tarde a la cita.

En el fondo, la idea es muy clara: la comunicación de algo tan complejo y tan convulso –motivos por los que necesitamos una etiqueta- precisa de una priorización en el resultado, no en el proceso. Obama debería comunicar lo que quiere, no el cómo lo quiere. Debería usar más a menudo todos los términos que nos den esa idea. No es lo mismo hablar del endurecimiento de la justicia que del fin del crimen, aunque se persiga el mismo objetivo…

Parece ser que el término etiqueta, que tomamos del francés, tiene orígenes tan diversos como la marca que se ponía en una estaca o la contracción de la frase latina que solía aparecer en las portadas de las causas judiciales. Ya sea porque el contencioso abierto entre Obama y el electorado está marcando el terreno de un modo tan profundo como podría hacerlo una estaca.

Albert Medrán

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