Si eres partidario de Camps tu cerebro te ordenará que le votes

En algún punto del camino se unieron los trajes de sastre y las bellas chicas de televisión. El algún punto, un valenciano, un milanés y un checo compartieron el foco de atención de la opinión pública. En algún momento, el hilo y las agujas se mezclaron con el champagne y las maduras erecciones. Ese momento unió las historias de Silvio Berlusconi y Francisco Camps, y por caprichos del destino, ambos tuvieron el mismo resultado: ser salvados por las urnas.

Poco pareció importar a los italianos que su primer ministro organizara fiestas repletas de jóvenes bellezas en su mansión de Cerdeña. Tampoco importó que los aviones oficiales sirvieran para transportar a los invitados de estas fiestas. Los valencianos respondieron al planteamiento de su Molt Honorable presidente: o estáis conmigo o contra mí. La palabra de un presidente que aseguraba haber comprado siempre su ropa contra la de un sastre que denunciaba lo que más tarde supondría la acusación de cohecho del presidente de la Generalitat.

Las elecciones europeas sirvieron para dar respuesta a la gran pregunta que todos teníamos en mente en Italia y aquí: ¿mostrarán las urnas un castigo a las conductas de ambos presidentes? Y las urnas hablaron con victorias aplastantes de los partidos de los dos presidentes en unas elecciones en las que no figuraban en el cartel pero a las que de facto se presentaban.

Quizás la explicación más plausible a la conducta del electorado la encontremos en una respuesta de nuestras emociones, ya que no actuamos del mismo modo cuando nos sentimos muy próximos a los líderes a cuando nos sentimos alejados. Para entendernos, las urnas no hubieran dicho lo que dijeron si entre los electores no existiera un amplio sentido de pertenencia a esa opción política.

Tanto el PP en la Comunitat Valenciana como el partido de Berlusconi han sabido tejer a lo largo de los años una relación muy cercana a su electorado, de este modo la mayoría de la sociedad se han vuelto auténticos partidarios de sus opciones política. Y ese es el elemento clave: el grado de partidismo existente.

¿Por qué? Porque algunas investigaciones han demostrado que la respuesta de los partidarios políticos a cuestiones como la corrupción o la contradicción es inversamente proporcional a la razón. Es decir, dan una respuesta emocional a este envite.

Según estos estudios, cuando un partidario (en este caso, un votante del PP valenciano) es expuesto a un supuesto delito de cohecho de su presidente, en vez de castigarlo electoralmente lo justificará y activará partes de su cerebro que permitirán una respuesta positiva junto a la defensa del sujeto. Así se demostró en partidarios de Kerry y Bush simulando contradicciones graves en sus discursos, y seguramente sería una respuesta plausible a lo vivido en las últimas elecciones.

El hecho es que el magistrado que instruye la causa contra Camps, Flors, ha observado suficientes indicios racionales que pueden ser constitutivos de un delito de cohecho. Por ello, sentará a Camps otra vez en el banquillo de los acusados al presidente. Eso será el próximo 15 de julio y podremos ver si la moral de los partidarios sigue intacta.

Porque a juzgar por la respuesta del PP en las últimas horas, esta batalla no se dejará hasta tener una sentencia en firme (una sentencia que, por otra parte no lo llevaría a la cárcel, ya que el delito está tipificado con un máximo de 6 meses de prisión y ante la ausencia de antecedentes se vería eximido) o sólo cuando la proximidad de esa sentencia afectase al partido.

Hace unas semanas señalábamos el extraordinario estado de forma de Rajoy respecto a hace un año. Por ello, los movimientos que sigan a esta cuestión serán esenciales para ver si la mantiene o si le afecta el nuevo escenario. En todo caso, pase lo que pase se pondrán otra vez de manifiesto los errores de manual cometidos en la comunicación de esta crisis; para ello os recomiendo este post del compañero Carlos Ruiz. Unos errores de manual que no han afectado a los partidarios, pero que quizás hayan marcado el camino que, hace 35 años, llevó a Nixon a subir por última vez al Marine One.

Albert Medrán

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