La política necesita sentido del humor

Siempre me he preguntado por qué en nuestros bares y restaurantes la televisión que suele estar encendida no tiene subtítulos: en lugares con tanto ruido ambiente o con el aparato silenciado, es imposible seguir la actualidad. Eso sí, nos permite hacer un excelente ejercicio de lenguaje no verbal.

Si alguna vez os veis en esta tesitura, observaréis como la expresión de políticos de otros países suele ser más agradable. La política americana es la decana de ello, el recurso al humor como forma de comunicación tiene mucho que ver.

Sabemos que el humor es una forma de comunicación humana más. Se suele afirmar que es una herencia de la evolución: la risa es algo que nos separa del resto de animales, a excepción de algunos homínidos. ¿Por qué somos diferentes al resto de animales? ¿Por qué tenemos sentido del humor? Parece ser que es una respuesta de nuestro cuerpo similar a las lágrimas, tiene un punto catártico. Y como ya sabéis, existen muchos tipos de humor distintos: no todos reímos de lo mismo ni del mismo modo.

En todo caso, no es extraño observar claramente que los políticos americanos están, muchas veces, de buen humor. El uso recurrente a algunos chistes, a respuestas que incluyan algún chascarrillo o alguna autocrítica envuelta con una gracia; no sólo defienden a quién habla sino que genera empatía.

Este último punto es especialmente relevante, ya que algunos estudios muestran como nuestro humor condiciona la percepción de nuestro cerebro. En otras palabras, si estamos de mejor humor, percibimos más detalles, prestamos más atención a ciertas cosas y nuestro cerebro recoge más información. Por el contrario, si estamos de peor humor, percibimos menos información.

¿Significa eso que la política debe comunicarse de forma banal y cómica? No, ni mucho menos. Pero sí que observamos la necesidad de tener en cuenta esta situación. En multitud de ocasiones el mensaje político del día nos llega a través de una tremenda bronca en una sesión parlamentaria. Si el emisor está airado, la efectividad del mensaje no será la misma que si lo realiza generando un clima agradable.

Cabe decir que esta situación no puede darse siempre: el protocolo, las ocasiones, la realidad piden al quién se asoma a una tribuna hacerlo con el rigor que la situación merece.

Pero quedémonos con la copla: los rictus crispados no ayudan a que nuestro mensaje llegue. Debemos tener en cuenta el humor en la comunicación, sin forzar tampoco lo que no se tiene. Por ejemplo, no sería aconsejable dejar a Montilla solo ante una audiencia de corresponsales de prensa haciendo un discurso como el de Barack Obama este fin de semana.

Aunque algunos podrán asegurar que los límites entre humor y política no quedan muy claros en países como Estados Unidos, es bien cierto que el humor puede (y debe) ser más un aliado que una amenaza. Algunos lo verán como el abrazo de lo frívolo para captar la atención en un contexto muy concurrido, pero la realidad es que lo necesitamos. El risueño Berlusconi venció al gris Veltroni. La empatía de Obama se sobrepuso a la convencional Hillary.

Aunque en los bares no podamos leer lo que dicen, ver cómo dicen lo que dicen, no pasamos por alto, todos, sin distinción, el poder de comunicar con una sonrisa.

Albert Medrán

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El blog de comunicación de Albert Medrán

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