So help me God…

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Hoy en La Vanguardia, el análisis post-toma de posesión…

Nunca una toma de posesión de un presidente norteamericano había levantado tal expectación más allá de sus límites territoriales como la que vimos ayer. Consecuencias de un mundo global, conectado sin duda alguna. Millones de personas, entre dos y tres, siguieron el acto desde las frías calles de Washington. Desde la llegada de la impresionante limusina al Capitolio, hasta los juramentos de Biden y Obama y el discurso inaugural, esos millones de personas se sintieron parte de la historia. Como todos los que lo siguieron en el mundo entero.

Obama pronunció las palabras que por 44ª vez convirtieron a un hombre en presidente. Un juramento con alguno que otro traspiés (el padre de George W. Bush también tuvo un arranque accidentado en 1989) que arrancó los aplausos de una audiencia entregada a su presidente. El manto de personas que muestran las imágenes del momento son simplemente emocionantes. ¿Cómo una persona puede comninar tantos sentimientos?

Tras el juramento, fue el turno del discurso. Un discurso a la nación, para la nación y hablando de ella.  De su intimidad, de sus problemas, sus retos y sus esperanzas. Un canto directo del presidente a ella, y a los que la forman: los ciudadanos y ciudadanas. Este sería el mejor resumen del discurso inaugural del presidente Obama.

¿Y qué le dijo Obama a la nación? Que más allá de un duro invierno, existe una primavera y un verano al que se llegará con el esfuerzo de todos. Juntos, unidos. El presidente hizo lo que hacen los grandes líderes: marcar objetivos para que todos lleguen a ellos. Para ello, insufló el optimismo que tanto necesita un país como los Estados Unidos. Un discurso positivo, a la par que realista. ¿Y qué mejor que citar al padre de la nación por excelencia para llamar a todos a arrimar el hombro?

La inclusión de su mensaje, el tono positivo y la idea de que tras la crisis vendrá la prosperidad, fueron acompañados con otras ideas clave que cabe mencionar. Como la insistencia en la llegada al poder de una nueva generación de americanos que entienden su país de forma distinta. Una nueva generación con nuevos retos y nuevas ideas, con nuevas formas de energía y nuevos enemigos externos que piden una nueva manera de hacerles frente.

Una nueva generación que, en definitiva, se enfrenta a retos más complejos que las anteriores. Quizá por ello, fue un mensaje plagado de mensajes con un doble receptor: el ciudadano o ciudadana americana, pero también toda aquella persona de cualquier parte del mundo que pudiese darse por aludido. Tanto los que en sus palabras encuentran el consuelo y la fuerza ante un momento difícil, como de alerta para aquellos que quieren acabar con un país que sigue siendo la potencia mundial.

Estas dos grandes ideas muestran la línea que seguirá su administración: reactivar la economía y restaurar alianzas en el mundo para asegurar a su país. Empresas, ambas difíciles, que podrían lastrar al nuevo dirigente por las elevadas expectativas sobre su persona. Pero empresas que, seguramente, sabrán dotarse del apoyo necesario de una sociedad ávida de un liderazgo nuevo.

Obama demostró ayer ser el líder que los americanos deseaban para completar su relato, su historia tantas veces contada. Lo que no nos hubieramos imaginado hace unos meses sería que ese mismo personaje que custodia la esencia de ese relato fuera capaz de construir uno nuevo,  a escala global.
Si ese relato global es algo más que un simple destello, como el insistente juego con el sol del pin de la solapa del presidente, el mundo habrá encontrado una baza para luchar contra la crisis que amenaza con hacerlo desaparecer. Si no, más de uno deberá empezar a pedir lo que repitió Obama tras el juramento: so help me God.

Albert Medrán

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El blog de comunicación de Albert Medrán

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