Silence and respect

La vuelta del viaje de Washington y los últimos acontecimientos en Afganistán me han hecho reflexionar sobre un tema que a menudo nos pasa desapercibido y que tiene un poder de interpretación muy grande: el papel del ejército en nuestra sociedad. ¿Por qué el cementerio de Arlington es la demostración de un pueblo agradecido a un ejército y la muerte de los soldados españoles en Afganistán no provoca la misma sensación entre los españoles?

Una de las razones que puede explicar la diferencia es histórica. El ejército de Estados Unidos es una celula madre del Estado que se creó a partir de la Declaración de Independencia de 1776. Un ejército de milicianos que consiguió derrotar al poderoso ejército colonial dirigido por uno de los padres fundadores de la patria y primer presidente, George Washington, uniendo así para siempre el destino de la patria al destino de su brazo armado. Su comandante en jefe, el Presidente, es elegido por las urnas y pesa sobre él la legitimidad del voto en sus decisiones. De hecho, en pocos países pesa tanto esta cuestión a la hora de decidir el voto.

Si bien hay esta unión desde el inicio de la vida del país, es la participación en las dos Guerras Mundiales y su papel de salvador de la libertad lo que ha dotado al ejército de un relato complementario al fundacional. Durante muchas generaciones, el US Army ha sido un garante de la paz y la libertad para sus aliados, aunque este relato es dañar con la Guerra de Vietnam, continúa su paso hacia la grieta con las intervenciones en América Central y Asia-Afganistán, Irán-a los 80 y, finalmente, la injustificada e injustificable invasión de Irak. Allí se produjo la rotura de este relato en el resto del mundo, pero no a Estados Unidos.

De hecho, el papel de la armada es omnipresente en la vida social del país: si un mal comandante en jefe lleva a nuestros hijos a morir, cuestionaran a quien toma la decisión y en las próximas elecciones no lo votaran. Pero no cuestionaran al ejército. Nunca. Y el respeto por él se ve tomando una copa en Georgetown, donde al entrar al establecimiento serán atendidos antes que cualquier otra persona. O como vió Guillem, un veterano de Irak lo harán pasar a primera clase en un vuelo doméstico. Podríamos seguir ejemplificando este profundo respeto a los que se encargan de la defensa del país.

Y podríamos hablar de la conmoción nacional que han generado los muertos en Irak, conmoción que no se nota en España cuando tenemos noticias de los caídos en una misión de paz en Afganistán o cuando luchaban en Irak por una mala decisión de un presidente del ejecutivo que hoy ya no gobierna. Que conste, este post se hace desde la más pura admiración por las personas caídas al ataque, por su labor en Afganistán y desde el más sentido respeto por ellos y sus familias que están rotas por el dolor. Pero en España no existe una forma de reconocer el papel como ocurre en Estados Unidos.

La razón, otra vez la historia: el ejército español es aquel que se levantó en armas contra un régimen democrático como la República, es el causante del enfrentamiento fraticida que supuso la Guerra Civil, fue durante 40 años un régimen fascista y el ejecutor de la política represiva del General Franco. Todo ello queda en el subconsciente de no pocas generaciones y no pocos millones de personas en España.

A pesar de la regeneración del cuerpo, después del intento del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, la institución fue antipática para muy jóvenes que tenían que hacer la mili. Aunque las encuestas de los últimos 15 años han ido mostrando como es una institución más valorada que la propia clase política. Pero en todo caso, el pasado deshonroso del ejército ha ayudado poco a que los ciudadanos valoren el servicio de las misiones que desde hace años se realizan.

Es en esta línea que hay que entender la labor que realiza la ministra Chacón. Es en esta línea que hay que entender el video del 12 de octubre de este año … y es, otra vez, por el pasado que España no tiene un cementerio como Arlington, no procesa el mismo servicio a los que marchan a lugares como Afganistán cuando entran a un bar o no sienten con la misma intensidad emocional de un atentado de ETA que un atentado en un país asiático.

Porque en el fondo, el relato es más importante de lo que parece, y tener una historia que conecta con la emotividad de la sociedad es esencial. El relato americano explica muchas cosas, y lo que tradicionalmente representaba el español también.

Albert Medrán

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El blog de comunicación de Albert Medrán

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